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“Padre, me pongo en tus manos;

haz de mí lo que quieras”

 

Hna. Olaya Guadalupe Martínez Limón, OP.

1935-2003

 

Nació el 12 de febrero de 1935, en el municipio de Tepeyahualco de Hidalgo. Sus padres se llamaron Ricardo Martínez Beristein y Hermelinda Limón Díaz. La hermana Olaya heredó de sus padres lo más valioso que una hija merece recibir: cualidades humanas, virtudes cristianas y junto con una esmerada educación inicial según posibilidades y circunstancias del lugar. Desde pequeña se caracterizó por ser muy conciliadora con sus compañeras, y cuando tenían un problema sencillo le llamaban, para que ayudará a armonizar la convivencia.

Desde muy pequeña se le observó un acendrado amor a Dios nuestro Señor; su piedad a Jesús Eucaristía la llevaba a levantarse antes de las cinco de la mañana para asistir a la santa misa que se celebraba en su parroquia diariamente, no importándole el clima tan frío que existe en ese lugar. Esta espiritualidad fue fortaleciendo su fe y concientizando la necesidad de compartirla, que más tarde se organizó con sus hermanas para catequizar a los niños de un poblado cercano llamado San Nicolás Pizarro, fue así que cada ocho días lo hacían con mucho interés y perseverancia; a los niños los motivaban con regalos pequeños que ellas elaboraban como es el dulce de jamoncillo para premiarlos e interesarlos por conocer a Dios.

Mas tarde conoció a la Congregación de Dominicas de la Doctrina Cristiana, cuando las hermanas visitaron a la comunidad de los frailes Dominicos para planear una misión popular en Puebla; y así fue como la hermana Margarita Limón (su prima) y Olaya Martínez Limón conocieron el Carisma de nuestra Congregación y los requisitos para el ingreso; después hicieron su solicitud y fueron aceptadas para ingresar al postulantado el 2 de febrero de 1950.

Se caracterizó, como una persona que siempre se mostraba alegre, dispuesta para escuchar, optimista para las adversidades, con un amor muy especial y profundo al Carisma de la Congregación, reflejándolo en su vivir diario. Su generosidad y entrega hacia cada hermana era incondicional y sin límite; aun hacia aquellas hermanas más difíciles de carácter. Su espíritu orante y contemplativo lo mostró en todo momento, invitando a las demás a hacerlo también con su testimonio; con las comunidades y formandas fue muy exigente en la asistencia a los actos comunitarios, que vivía intensamente ya que estaba convencida que son los momentos que fortalecen nuestro apostolado.

Le gustaba mucho hacer lectura de las Sagradas Escrituras, de libros de vida consagrada que la llevaba a la reflexión profunda y ésta a compartirla con las demás hermanas o a las personas que les hacia visitas ocasionales para catequizarlas. Como maestra de formación impulsó mucho en el grupo de estudiantes profesas la vivencia equilibrada de los cinco elementos de la vida Dominicana: Oración, estudio, apostolado, vida comunitaria y vida de observancia regular. Y se esforzaba por dar primero el ejemplo. Cuando tenía sus momentos débiles como es el enojo, la impaciencia o arrebatos que era ocasión de ofensa para las demás, era pronta para reparar su falta y tomaba una actitud siempre positiva, donde mostraba su deseo de corregir y continuar caminando en armonía.

Su amor por la Eucaristía fue muy peculiar e indispensable en su vivir. Siempre proyectó su esfuerzo de anteponer lo comunitario a las cosas personales. Ante todo estaba la comunidad y luego su persona. Convivió muchos años con hermanas enfermas a las cuales se mostró siempre con una actitud de amor misericordioso, de respeto y generosidad para lo que necesitaban, nunca escatimó esfuerzo alguno, varias veces expresó la necesidad urgente de prepararnos para dar un servicio más cualificado a nuestras hermanas en fase terminal y de los espacios más propios para las mismas. Su carácter fuerte, firme y decidido le favoreció para alcanzar muchas metas que se propuso en la vida. Celebró su cincuenta aniversario de vida consagrada, y expresó su alegría y gratitud a Dios y a la Congregación por permitirle la perseverancia que sabía muy bien que era por la misericordia de Dios más por cualidades personales.

Dios le permitió vivir un proceso de enfermedad y de muerte muy dolorosa a causa del cáncer, pero a su vez un proceso gozoso y santificante. A un paso de su muerte le gustaba escuchar la oración de abandono, oración que la fortalecía y la encaminaba poco a poco abandonarse y abrirse a los brazos del Padre que la esperaba. Seguramente esta oración en su mente y corazón la acompañó hasta que llegó a la casa del Padre el 3 de Diciembre del 2003.

“Padre, me pongo en tus manos; haz de mí lo que quieras.

Sea lo que sea, te doy las gracias.

Estoy dispuesta a todo, lo acepto todo

con tal de que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas.

No deseo nada más Padre. Te confío mi alma, con todo el amor de que soy capaz, porque te amo y necesito darme con una infinita confianza porque tú eres mi Padre. Amén”

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